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viernes, 20 de abril de 2012

Sobre dioses voraces y sacerdotes avaros...

Buenas tardes.

He vuelto con un relato...

Los aldeanos atribuían inmensos poderes a sus dioses. Estaban al frente de las tormentas, comandaban los incendios o propagaban las epidemias y enfermedades. Ningún fenómeno de la naturaleza se escapaba a su influencia. Tampoco lo hacían los devenires de las vidas e, incluso, el devenir de la historia. Sin embargo, a la hora de analizar su comportamiento, les atribuían características humanas. Lejos de la virtud, la sabiduría o la justicia, los dioses poseían los peores defectos y vicios de las gentes de la aldea. En definitiva, los aldeanos se postraban ante unos dioses tan poderosos como irresponsables y tan terroríficos como caprichosos.

La aldea se encontraba en un valle rodeado de escarpadas montañas y atravesado por un arroyo. En los meses de la primavera y el verano, un sol radiante presidía el cielo y el suelo estaba completamente cubierto de vegetación. Durante el otoño y el invierno, el cielo se oscurecía por la presencia de alguna que otra nube y las cumbres de las montañas se teñían de blanco. El presente invierno estaba siendo inusitadamente largo y severo y la vida en la aldea se había visto seriamente dificultada. La nieve había descendido más de lo acostumbrado y las aguas del arroyo se habían congelado. Como consecuencias una gran parte de la cosecha se había perdido, el acceso de personas y animales domésticos al agua se había complicado y los animales salvajes habían huido a zonas más templadas.

Llegaba a su conclusión la enésima semana de atroz invierno cuando los habitantes de la aldea decidieron reunirse a discutir sobre la situación. Las hostiles condiciones del exterior llevaron a cambiar la plaza, el lugar habitual de reunión, por el templo, la edificación de mayor capacidad del pueblo. El templo se levantaba en la base de la montaña más alta y escarpada de cuantas esbozaban el contorno del valle. Como la mayoría de los edificios de la aldea, el templo estaba construido a base de piedra y madera y contaba solamente con una planta. Por otro lado, el templo se diferenciaba de los demás edificios por la extensión de su superficie, la altura de su techo y la calidad de su construcción.

"Nuestros graneros están quedando vacíos, los cultivos y los frutos del bosque se han congelado y la caza está siendo escasa..." exponía preocupado un anciano. "O se nos ocurre algo o moriremos..." sentenciaba una joven. Las quejas se sucedían y las ideas destacaban por su ausencia. Era el momento de los salvadores y de los truhanes. Cualquiera que alzara su voz y aportara una solución, fuera coherente o absurda, sería escuchado con atención y posiblemente aclamado. De hecho, no tardó en surgir una voz e imponerse al murmullo. "¿Sabéis? Los dioses nos han dado paz y prosperidad durante años y ahora..." comenzó a decir un hombre ataviado con ropajes de sacerdote. "... nos están castigando por alguna razón con este invierno indefinido. ¿Queréis saber cuál es esa razón?" preguntó a una audiencia que se había quedado en silencio y lo escuchaba con atención. "No fuimos dignos de su confianza, no aprovechamos los bienes que nos otorgaron, no vivimos como ellos querían que viviéramos durante los viejos y buenos tiempos... Y ahora nos toca pagar por ello." culminó el sacerdote.

El murmullo volvió a poblar la sala y volvió a extinguirse con una intervención. "¿Y qué podemos hacer? ¿Qué podemos hacer para recuperar su confianza y su estima?" preguntó una poderosa voz. "Creo que debemos mostrar a los dioses que están por encima de todo, que estamos dispuestos a aceptar su castigo, que podemos renunciar a grandes cosas para recuperar su favor..." expuso el sacerdote. Sus palabras convencieron a sus vecinos y no necesitó volver a intervenir o ser más explícito, pues los asistentes comenzaron a enumerar cosas a las que renunciar para enderezar la situación. Decidieron, entre otras cosas, hacer una ofrenda de grano diaria en el altar del templo, sacrificar a una docena de cabras y dedicar en la próxima semana un día completo a la oración.

En los siguientes días se mantuvo la crudeza del invierno, se agravaron las privaciones y penalidades que las gentes de la aldea tenían que soportar y, en contra de la lógica, aumentó la confianza en una cercana resolución del problema. Al anochecer depositaban sus ofrendas en el altar del templo y al alba comprobaban que los dioses las habían tomado y solamente habían dejado huesos y cenizas. Pasaron los días hasta completar otra semana y el pueblo se reunió para la oración y, lo que se antojaba más importante, la discusión de los siguientes movimientos a realizar.

En esta ocasión fue otro sacerdote quien llevó la iniciativa debido a la ausencia de su compañero. Clamó contra las yerbas medicinales, aquéllas que los hombres usaban para sufrir menos y vivir más de lo que los dioses habían planificado. Clamó contra los juegos de los niños, contra el descanso de los ancianos y contra todos los placeres, por ser desafíos y burlas a los iracundos dioses. Clamó contra todo lo que se le ocurrió y, a continuación, anunció que había que hacer más sacrificios y se retiró a colaborar en las oraciones. Tras un breve silencio, la población comenzó con la habitual y tediosa enumeración de sacrificios. "Los dioses nos castigan porque nuestras casas son comparables a su templo" avisó éste. "Ampliemos el templo" propuso ese. "Hagámoslo con los materiales de nuestras casas" concluyó aquel. Y ante el jaleo de unos y el asombro de otros, los aldeanos se encaminaron a desmontar sus casas para ampliar el templo de sus dioses.

Con el paso de los días, comenzaron a aparecer oquedades en las paredes y los tejados de las viviendas. Al mismo tiempo, el templo fue creciendo en extensión y sobre todo en altura, alcanzando la admirable cifra de seis plantas. El frío de la noche y la intemperie cercenaron las vidas más sensibles y los lamentos y las críticas comenzaron a hacerse oír. Con el temor de que su actitud disgustase a los dioses y diera al traste con los planes de la comunidad, las turbas capturaban a los críticos y los arrastraban hasta el bosque helado. En ese lugar iban pereciendo lentamente por el frío mientras maldecían el fanatismo de los que habían sido sus vecinos.

Los rigores del eterno invierno no desaparecían ni se atenuaban... Los aldeanos, manipulados por los sacerdotes y sugestionados por el bombardeo dogmático, estaban convencidos de que debían seguir adelante hasta que el invierno remitiera. La espiral de trabajo, sufrimiento y oración continuó hasta la tragedia. Los viejos cimientos del templo acabaron cediendo ante el descomunal crecimiento del edificio y éste se desplomó sepultando a aquellos que trabajaban, a aquellos que rezaban y a aquellos que, sencillamente, descansaban en las ruinas de sus hogares. El invierno llegó a su fin y nadie estuvo allí para observarlo y sonreír con alivio.

Si este relato no te resulta familiar te sugiero que sustituyas:

- Invierno por crisis económica.
- Dioses por mercados.
- Sacerdotes por políticos/empresarios.
- Aldeanos por ciudadanos.
- Sacrificios por recortes.

Ahora te resulta familiar... ¿Verdad?

Hasta otra.

martes, 3 de enero de 2012

Fábula del banquero y el político

Buenas noches.

Seguro que todos habéis escuchado o leído alguna vez la fábula del escorpión y la rana. Por si alguien no se acuerda de esta fábula o, directamente, no sabe de lo que estoy hablando, adjunto una de las muchas versiones que se pueden encontrar:
Había una vez una rana sentada en la orilla de un río, cuando se le acercó un escorpión que le dijo: —Amiga rana, ¿puedes ayudarme a cruzar el río? Puedes llevarme a tu espalda… —¿Que te lleve a mi espalda? —contestó la rana—. ¡Ni pensarlo! ¡Te conozco! Si te llevo a mi espalda, sacarás tu aguijón, me picarás y me matarás. Lo siento, pero no puede ser. —No seas tonta —le respondió entonces el escorpión—. ¿No ves que si te pincho con mi aguijón, te hundirás en el agua y que yo, como no sé nadar, también me ahogaré?
Y la rana, después de pensárselo mucho se dijo a sí misma: —Si este escorpión me pica a la mitad del río, nos ahogamos los dos. No creo que sea tan tonto como para hacerlo. Y entonces, la rana se dirigió al escorpión y le dijo: —Mira, escorpión. Lo he estado pensando y te voy a ayudar a cruzar el río. El escorpión se colocó sobre la resbaladiza espalda de la rana y empezaron juntos a cruzar el río.
Cuando habían llegado a la mitad del trayecto, en una zona del río donde había remolinos, el escorpión picó con su aguijón a la rana. De repente la rana sintió un fuerte picotazo y cómo el veneno mortal se extendía por su cuerpo. Y mientras se ahogaba, y veía cómo también con ella se ahogaba el escorpión, pudo sacar las últimas fuerzas que le quedaban para decirle: —No entiendo nada… ¿Por qué lo has hecho? Tú también vas a morir. Y entonces, el escorpión la miró y le respondió: —Lo siento ranita. Es mi naturaleza, es mi esencia, no he podido evitarlo, no puedo dejar de ser quien soy, ni actuar en contra de mi naturaleza, de mi costumbre y de otra forma distinta a como he aprendido a comportarme. Y poco después de decir esto, desaparecieron los dos, el escorpión y la rana, debajo de las aguas del río.
El asunto es que hace unos días estaba viendo la televisión y las palabras de un economista me hicieron recordar esta fábula. Así que me he decidido a escribir una versión actualizada de la fábula del escorpión y la rana.

Fábula del banquero y el político:

Había una vez un banquero y un político sentados a ambos lados de una mesa de madera.

- Tengo que ser sincero - comenzó a decir el banquero. - He venido hasta aquí porque mi banco tiene serios problemas de liquidez. Nos jugamos demasiado dinero en la construcción y ahora tenemos muchos terrenos y viviendas que no somos capaces de vender.

- ¿Y qué quieres que haga? - preguntó el político sin rodeos.

- Quiero... - empezó a decir titubeante el banquero. - Que el estado intervenga para garantizar la solvencia de mi banco... Que inyecte el dinero que haga falta.

- Pero... Si estáis en esa situación es por vuestra culpa - afirmó el político con rotundidad. - Todos sabíamos que el precio de la vivienda no podía subir eternamente y vosotros seguisteis adelante hasta que explotó la burbuja inmobiliaria. Si hago lo que dices, la gente no lo entenderá y, además, estaré creando un mal precedente.

- ¿Crees que la gente preferirá quedarse sin sus ahorros? - preguntó el banquero empezando a dominar la situación. - Además, vosotros os equivocasteis tanto como nosotros con la burbuja inmobiliaria. ¿A quién crees que la gente le echará la culpa? 

- Eso habría que verlo - contestó el político sin demasiada convicción.

- ¡No me hagas recordarte que nosotros pagamos vuestra campaña electoral! - exclamó el banquero.

- Está bien - aceptó el político. - Pero habrá una serie de condiciones.

- ¡Por supuesto! Faltaría más... - respondió el banquero esbozando una sonrisa. - Veo que por fin te has dado cuenta de que no se puede gobernar de espaldas a la banca. 

- Quiero que el dinero que vamos a inyectar sirva para financiar la economía productiva y no acabe alimentando la especulación - solicitó el político. - Hay muchas empresas que necesitan créditos para sobrevivir a los próximos años de crisis.

- No te preocupes - tranquilizó el banquero. - Somos conscientes de esa situación. Además, se podría decir que estamos en deuda con vosotros.

El banquero se levantó de su asiento y salió de la sala con un gesto de satisfacción. El político se quedó unos instantes reflexionando sobre lo que acababa de acontecer en su despacho y, seguidamente, dirigió su mirada y su atención hacia sus papeles.

En los próximos días se sucedieron, uno tras otro, los "rescates" a los bancos más importantes del país. Como consecuencia de estas operaciones y agravándose por la especulación en los mercados financieros, la deuda del estado experimentó un crecimiento descontrolado. 

La situación había cambiado; en esta ocasión era el político el que tenía que gestionar los problemas económicos de su país y el banquero el que podía ayudar a través de su banco a eludir la catástrofe. Esta vez fue el político quien se dirigió al banquero por teléfono.

- ¿Ya no te acuerdas de que salvamos tu banco? - preguntó malhumorado el político.

- Me acuerdo - contestó rápidamente el banquero. - Estamos en deuda con vosotros.

- ¿Entonces por qué estáis especulando con nuestra deuda? - volvió a preguntar el político. - ¿Por qué agitáis los mercados antes de cada subasta de deuda pública para que crezcan los intereses? 

- Verás... - comenzó a decir el banquero.

¿No prometisteis que utilizaríais el dinero para dar créditos a las empresas que los necesitan para sobrevivir? - interrumpió el político. - ¿No asegurasteis que la especulación se había acabado? ¿No os dais cuenta de que estáis hundiendo la economía de vuestro  propio país?

- Lo siento, amigo - comenzó a decir el banquero, mucho más sosegado que el político. - Esa es nuestra esencia. Si hacer lo que hemos prometido nos reporta un 2% de interés y romper nuestra promesa nos reporta un 7%, no dudaremos en romper nuestra promesa. Nos da igual que la economía de nuestro país entre en una depresión, que la deuda pública se multiplique, que las empresas cierren una tras otra, que nuestros familiares, amigos y vecinos se queden en el paro o que la inmensa mayoría de los ciudadanos vea el futuro cada vez más negro. Ni siquiera nos importa que todas esas cosas supongan nuestra quiebra en el futuro. A nosotros lo único que nos importa conseguir la rentabilidad más alta posible en este mismo momento. Y no nos puedes pedir que actuemos en contra de nuestra naturaleza y de nuestra costumbre.

Y como el escorpión y la rana, el político y el banquero acabaron por desaparecer juntos.

¡Hasta otra!

martes, 13 de diciembre de 2011

Las víctimas de la globalización

Buenas noches.

Hoy comparto con vosotros un humilde relato sobre una realidad que cuesta tanto reconocer como quitarse de la cabeza.


Amanecía en una latitud y una longitud remotas. El mismo sol para un lugar completamente distinto. Entre edificios desconchados y agrietados, a través de una estrecha calle poblada de charcos y montículos de tierra y de basura, Xun caminaba de forma automática y con gesto somnoliento. Hacía tiempo que se había aprendido el camino para llegar desde las tortuosas calles del barrio en el que vivía hasta las amplias calles del polígono industrial en el que trabajaba. Xun tenía solamente doce años y compartía un piso destartalado y sombrío con otros seis niños de edades más o menos parecidas. No era gran cosa y estaba demasiado lejos de la fábrica, pero era lo único a lo que un forastero podía optar en la gran ciudad.

Xun tuvo que abandonar su hogar en el campo para desplazarse a la gran ciudad. Allí había dejado a sus padres y a sus dos hermanos, que todavía eran demasiado pequeños para acompañarle en el viaje. La tierra que su familia cultivaba desde generaciones remotas había dejado de valer para asegurar su subsistencia y se habían visto obligados a tomar esa drástica decisión. Xun había seguido el camino de muchos de sus vecinos y había cambiado prematuramente los estudios por el trabajo. La vida en la ciudad era muy dura y Xun echaba de menos a diario a su familia. Antes, aplacaba estos sentimientos pensando en que estaba cumpliendo con lo que se esperaba de un buen hijo. Se imaginaba como un héroe, que con su trabajo conseguía que en su casa no faltara comida como sucedía en tantas otras. Sin embargo, con el tiempo se había dado cuenta de que la vida en la ciudad quedaba demasiado grande a un niño de doce años. Cada día tenía más miedo, sufría más penalidades y pensaba más en él y menos en las personas por las que había llegado hasta allí.

Xun trabajaba, todos los días de la semana desde las siete de la mañana hasta las once de la noche, en una de tantas fábricas de juguetes. Cada día pasaban por sus pequeñas manos miles de piernas, brazos, torsos y cabezas de extrañas muñecas. Él se encargaba de sacar las piezas de una caja, ensamblarlas y dejarlas en otra caja. Las muñecas eran altas y delgadas, sus ojos eran grandes y azules y sus cabellos eran dorados. Xun nunca había visto a una persona así y se preguntaba si existían de verdad. Durante la jornada no podía hablar con sus compañeros, comer, beber o hacer sus necesidades. Para llevar a cabo estos menesteres tenía que esperar al final del día o al descanso de media hora que tenía lugar alrededor de las dos de la tarde.

A pesar de su voluntad y su eficacia en el trabajo, los capataces de la fábrica no le solían tratar bien. En una ocasión, Xun se desplomó sobre su mesa de trabajo debido a la falta de sueño y a una enfermedad que estaba atravesando. Al advertirlo, el capataz, en lugar de preocuparse por su salud, le propinó dos patadas en un costado y se dirigió a informar a sus superiores. Ese mes, su salario fue la mitad del habitual y, lo que era peor, tuvo que aguantar la humillación de mandar menos dinero que de costumbre a su casa. Tampoco era raro que Xun no pudiera aguantar y se orinara encima. En ese caso, si no era capaz de disimular y seguir trabajando a buen ritmo, los capataces se burlarían de él y sus compañeros se reirían con el único objetivo de agradar a estos.

Ese día las manos de Xun se movían como las pinzas de un robot. No pensaba en nada. Cogía las piezas, encajaba unas en otras y dejaba las muñecas a gran velocidad. Hacía todo como se esperaba que lo hiciera. En aquella fábrica, nadie iba a estar orgulloso de él o a decirle que hacía un buen trabajo, pero al menos se podía salvar de las recriminaciones, los insultos y los golpes habituales. Sin embargo, llegado un momento, un recuerdo asaltó su mente. Ese día su hermana cumplía cinco años y hace tiempo había pensado enviarle algo especial. Tras darle muchas vueltas, tomó la decisión de sacar una muñeca de la fábrica y enviarla a su casa junto al dinero de ese mes. Cuando estaba cerca de acabar su jornada de trabajo, levantó su camiseta y deslizó hacia su interior una de las miles de muñecas que habían pasado por sus manos. Su corazón se aceleró, su respiración se tornó entrecortada y sus dedos comenzaron a temblar, pero su determinación le permitió sobreponerse y, en apenas unos instantes, retomar el trabajo. Hasta ese momento había sido demasiado fácil, tanto que Xun se había relajado y no había previsto que tenía que abandonar la nave. En la puerta, un vigilante se percató del irregular bulto en su abdomen y, sin mediar palabra, lo agarró del cuello de su camiseta. Seguidamente, lo arrojó con violencia al suelo y la muñeca se desprendió y quedó a la vista. Una vez en el suelo, se aproximó a él y, ante las miradas de sus compañeros, le propinó varias patadas. En medio de los golpes, Xun perdió el conocimiento.

Xun despertó sobre el frío suelo. A pesar de los fuertes e incesantes golpes no había muerto. Miró a su alrededor y pudo reconocer las tonalidades ocres y grisáceas de las paredes de su hogar. Se sintió aliviado y respiró profundamente, sufriendo punzadas de dolor a lo largo de su tronco y sus extremidades. Se sentía destrozado, tan fragmentado como una de esas muñecas que llegaban continuamente a su puesto, pero al parecer había tenido mucha suerte. Algunos de sus compañeros de la fábrica lo habían salvado en medio del despiadado castigo y lo habían arrastrado hasta allí. Sin embargo, la endeble alegría por la supervivencia no tardó en naufragar en el mar de la realidad. No sólo había perdido su trabajo en la fábrica, sino que debía pagar una cuantiosa multa por infringir sus reglamentos. Además, en pocos días su historia habría llegado hasta el último rincón de la ciudad, por lo que le sería imposible encontrar otro trabajo. Cualquier día aparecerían por su casa dos hombres corpulentos a reclamar el dinero y, como no dispondría de él, lo golpearían hasta la muerte. Esta vez no tendría tanta suerte.

Finalmente, a Xun no le quedó otra opción que cargar el fracaso a sus espaldas y regresar al lugar que le había visto nacer. A su llegada encontró gestos de felicidad, pero también de decepción y de preocupación. Por un lado, su familia se alegraba de verle y de volver a estar con él, pero, por otro lado, sus padres imaginaban con inquietud un futuro sin los ingresos que llegaban desde la ciudad. Sus vecinos elucubraban las causas de su regreso e inventaban y propagaban multitud de desagradables rumores, mientras sus familiares lo defendían sin demasiada pasión ni convicción. Por su parte, Xun sentía vergüenza y, a veces, humillación. Tendría que aprender a convivir con el recuerdo de lo que le había acontecido en la ciudad y con la certeza de que había fallado a toda la gente a la que quería. Pero, ¿cómo se puede vivir con esa sensación?

Hasta otra.