Páginas

martes, 13 de diciembre de 2011

Las víctimas de la globalización

Buenas noches.

Hoy comparto con vosotros un humilde relato sobre una realidad que cuesta tanto reconocer como quitarse de la cabeza.


Amanecía en una latitud y una longitud remotas. El mismo sol para un lugar completamente distinto. Entre edificios desconchados y agrietados, a través de una estrecha calle poblada de charcos y montículos de tierra y de basura, Xun caminaba de forma automática y con gesto somnoliento. Hacía tiempo que se había aprendido el camino para llegar desde las tortuosas calles del barrio en el que vivía hasta las amplias calles del polígono industrial en el que trabajaba. Xun tenía solamente doce años y compartía un piso destartalado y sombrío con otros seis niños de edades más o menos parecidas. No era gran cosa y estaba demasiado lejos de la fábrica, pero era lo único a lo que un forastero podía optar en la gran ciudad.

Xun tuvo que abandonar su hogar en el campo para desplazarse a la gran ciudad. Allí había dejado a sus padres y a sus dos hermanos, que todavía eran demasiado pequeños para acompañarle en el viaje. La tierra que su familia cultivaba desde generaciones remotas había dejado de valer para asegurar su subsistencia y se habían visto obligados a tomar esa drástica decisión. Xun había seguido el camino de muchos de sus vecinos y había cambiado prematuramente los estudios por el trabajo. La vida en la ciudad era muy dura y Xun echaba de menos a diario a su familia. Antes, aplacaba estos sentimientos pensando en que estaba cumpliendo con lo que se esperaba de un buen hijo. Se imaginaba como un héroe, que con su trabajo conseguía que en su casa no faltara comida como sucedía en tantas otras. Sin embargo, con el tiempo se había dado cuenta de que la vida en la ciudad quedaba demasiado grande a un niño de doce años. Cada día tenía más miedo, sufría más penalidades y pensaba más en él y menos en las personas por las que había llegado hasta allí.

Xun trabajaba, todos los días de la semana desde las siete de la mañana hasta las once de la noche, en una de tantas fábricas de juguetes. Cada día pasaban por sus pequeñas manos miles de piernas, brazos, torsos y cabezas de extrañas muñecas. Él se encargaba de sacar las piezas de una caja, ensamblarlas y dejarlas en otra caja. Las muñecas eran altas y delgadas, sus ojos eran grandes y azules y sus cabellos eran dorados. Xun nunca había visto a una persona así y se preguntaba si existían de verdad. Durante la jornada no podía hablar con sus compañeros, comer, beber o hacer sus necesidades. Para llevar a cabo estos menesteres tenía que esperar al final del día o al descanso de media hora que tenía lugar alrededor de las dos de la tarde.

A pesar de su voluntad y su eficacia en el trabajo, los capataces de la fábrica no le solían tratar bien. En una ocasión, Xun se desplomó sobre su mesa de trabajo debido a la falta de sueño y a una enfermedad que estaba atravesando. Al advertirlo, el capataz, en lugar de preocuparse por su salud, le propinó dos patadas en un costado y se dirigió a informar a sus superiores. Ese mes, su salario fue la mitad del habitual y, lo que era peor, tuvo que aguantar la humillación de mandar menos dinero que de costumbre a su casa. Tampoco era raro que Xun no pudiera aguantar y se orinara encima. En ese caso, si no era capaz de disimular y seguir trabajando a buen ritmo, los capataces se burlarían de él y sus compañeros se reirían con el único objetivo de agradar a estos.

Ese día las manos de Xun se movían como las pinzas de un robot. No pensaba en nada. Cogía las piezas, encajaba unas en otras y dejaba las muñecas a gran velocidad. Hacía todo como se esperaba que lo hiciera. En aquella fábrica, nadie iba a estar orgulloso de él o a decirle que hacía un buen trabajo, pero al menos se podía salvar de las recriminaciones, los insultos y los golpes habituales. Sin embargo, llegado un momento, un recuerdo asaltó su mente. Ese día su hermana cumplía cinco años y hace tiempo había pensado enviarle algo especial. Tras darle muchas vueltas, tomó la decisión de sacar una muñeca de la fábrica y enviarla a su casa junto al dinero de ese mes. Cuando estaba cerca de acabar su jornada de trabajo, levantó su camiseta y deslizó hacia su interior una de las miles de muñecas que habían pasado por sus manos. Su corazón se aceleró, su respiración se tornó entrecortada y sus dedos comenzaron a temblar, pero su determinación le permitió sobreponerse y, en apenas unos instantes, retomar el trabajo. Hasta ese momento había sido demasiado fácil, tanto que Xun se había relajado y no había previsto que tenía que abandonar la nave. En la puerta, un vigilante se percató del irregular bulto en su abdomen y, sin mediar palabra, lo agarró del cuello de su camiseta. Seguidamente, lo arrojó con violencia al suelo y la muñeca se desprendió y quedó a la vista. Una vez en el suelo, se aproximó a él y, ante las miradas de sus compañeros, le propinó varias patadas. En medio de los golpes, Xun perdió el conocimiento.

Xun despertó sobre el frío suelo. A pesar de los fuertes e incesantes golpes no había muerto. Miró a su alrededor y pudo reconocer las tonalidades ocres y grisáceas de las paredes de su hogar. Se sintió aliviado y respiró profundamente, sufriendo punzadas de dolor a lo largo de su tronco y sus extremidades. Se sentía destrozado, tan fragmentado como una de esas muñecas que llegaban continuamente a su puesto, pero al parecer había tenido mucha suerte. Algunos de sus compañeros de la fábrica lo habían salvado en medio del despiadado castigo y lo habían arrastrado hasta allí. Sin embargo, la endeble alegría por la supervivencia no tardó en naufragar en el mar de la realidad. No sólo había perdido su trabajo en la fábrica, sino que debía pagar una cuantiosa multa por infringir sus reglamentos. Además, en pocos días su historia habría llegado hasta el último rincón de la ciudad, por lo que le sería imposible encontrar otro trabajo. Cualquier día aparecerían por su casa dos hombres corpulentos a reclamar el dinero y, como no dispondría de él, lo golpearían hasta la muerte. Esta vez no tendría tanta suerte.

Finalmente, a Xun no le quedó otra opción que cargar el fracaso a sus espaldas y regresar al lugar que le había visto nacer. A su llegada encontró gestos de felicidad, pero también de decepción y de preocupación. Por un lado, su familia se alegraba de verle y de volver a estar con él, pero, por otro lado, sus padres imaginaban con inquietud un futuro sin los ingresos que llegaban desde la ciudad. Sus vecinos elucubraban las causas de su regreso e inventaban y propagaban multitud de desagradables rumores, mientras sus familiares lo defendían sin demasiada pasión ni convicción. Por su parte, Xun sentía vergüenza y, a veces, humillación. Tendría que aprender a convivir con el recuerdo de lo que le había acontecido en la ciudad y con la certeza de que había fallado a toda la gente a la que quería. Pero, ¿cómo se puede vivir con esa sensación?

Hasta otra.