Páginas

martes, 3 de enero de 2012

Fábula del banquero y el político

Buenas noches.

Seguro que todos habéis escuchado o leído alguna vez la fábula del escorpión y la rana. Por si alguien no se acuerda de esta fábula o, directamente, no sabe de lo que estoy hablando, adjunto una de las muchas versiones que se pueden encontrar:
Había una vez una rana sentada en la orilla de un río, cuando se le acercó un escorpión que le dijo: —Amiga rana, ¿puedes ayudarme a cruzar el río? Puedes llevarme a tu espalda… —¿Que te lleve a mi espalda? —contestó la rana—. ¡Ni pensarlo! ¡Te conozco! Si te llevo a mi espalda, sacarás tu aguijón, me picarás y me matarás. Lo siento, pero no puede ser. —No seas tonta —le respondió entonces el escorpión—. ¿No ves que si te pincho con mi aguijón, te hundirás en el agua y que yo, como no sé nadar, también me ahogaré?
Y la rana, después de pensárselo mucho se dijo a sí misma: —Si este escorpión me pica a la mitad del río, nos ahogamos los dos. No creo que sea tan tonto como para hacerlo. Y entonces, la rana se dirigió al escorpión y le dijo: —Mira, escorpión. Lo he estado pensando y te voy a ayudar a cruzar el río. El escorpión se colocó sobre la resbaladiza espalda de la rana y empezaron juntos a cruzar el río.
Cuando habían llegado a la mitad del trayecto, en una zona del río donde había remolinos, el escorpión picó con su aguijón a la rana. De repente la rana sintió un fuerte picotazo y cómo el veneno mortal se extendía por su cuerpo. Y mientras se ahogaba, y veía cómo también con ella se ahogaba el escorpión, pudo sacar las últimas fuerzas que le quedaban para decirle: —No entiendo nada… ¿Por qué lo has hecho? Tú también vas a morir. Y entonces, el escorpión la miró y le respondió: —Lo siento ranita. Es mi naturaleza, es mi esencia, no he podido evitarlo, no puedo dejar de ser quien soy, ni actuar en contra de mi naturaleza, de mi costumbre y de otra forma distinta a como he aprendido a comportarme. Y poco después de decir esto, desaparecieron los dos, el escorpión y la rana, debajo de las aguas del río.
El asunto es que hace unos días estaba viendo la televisión y las palabras de un economista me hicieron recordar esta fábula. Así que me he decidido a escribir una versión actualizada de la fábula del escorpión y la rana.

Fábula del banquero y el político:

Había una vez un banquero y un político sentados a ambos lados de una mesa de madera.

- Tengo que ser sincero - comenzó a decir el banquero. - He venido hasta aquí porque mi banco tiene serios problemas de liquidez. Nos jugamos demasiado dinero en la construcción y ahora tenemos muchos terrenos y viviendas que no somos capaces de vender.

- ¿Y qué quieres que haga? - preguntó el político sin rodeos.

- Quiero... - empezó a decir titubeante el banquero. - Que el estado intervenga para garantizar la solvencia de mi banco... Que inyecte el dinero que haga falta.

- Pero... Si estáis en esa situación es por vuestra culpa - afirmó el político con rotundidad. - Todos sabíamos que el precio de la vivienda no podía subir eternamente y vosotros seguisteis adelante hasta que explotó la burbuja inmobiliaria. Si hago lo que dices, la gente no lo entenderá y, además, estaré creando un mal precedente.

- ¿Crees que la gente preferirá quedarse sin sus ahorros? - preguntó el banquero empezando a dominar la situación. - Además, vosotros os equivocasteis tanto como nosotros con la burbuja inmobiliaria. ¿A quién crees que la gente le echará la culpa? 

- Eso habría que verlo - contestó el político sin demasiada convicción.

- ¡No me hagas recordarte que nosotros pagamos vuestra campaña electoral! - exclamó el banquero.

- Está bien - aceptó el político. - Pero habrá una serie de condiciones.

- ¡Por supuesto! Faltaría más... - respondió el banquero esbozando una sonrisa. - Veo que por fin te has dado cuenta de que no se puede gobernar de espaldas a la banca. 

- Quiero que el dinero que vamos a inyectar sirva para financiar la economía productiva y no acabe alimentando la especulación - solicitó el político. - Hay muchas empresas que necesitan créditos para sobrevivir a los próximos años de crisis.

- No te preocupes - tranquilizó el banquero. - Somos conscientes de esa situación. Además, se podría decir que estamos en deuda con vosotros.

El banquero se levantó de su asiento y salió de la sala con un gesto de satisfacción. El político se quedó unos instantes reflexionando sobre lo que acababa de acontecer en su despacho y, seguidamente, dirigió su mirada y su atención hacia sus papeles.

En los próximos días se sucedieron, uno tras otro, los "rescates" a los bancos más importantes del país. Como consecuencia de estas operaciones y agravándose por la especulación en los mercados financieros, la deuda del estado experimentó un crecimiento descontrolado. 

La situación había cambiado; en esta ocasión era el político el que tenía que gestionar los problemas económicos de su país y el banquero el que podía ayudar a través de su banco a eludir la catástrofe. Esta vez fue el político quien se dirigió al banquero por teléfono.

- ¿Ya no te acuerdas de que salvamos tu banco? - preguntó malhumorado el político.

- Me acuerdo - contestó rápidamente el banquero. - Estamos en deuda con vosotros.

- ¿Entonces por qué estáis especulando con nuestra deuda? - volvió a preguntar el político. - ¿Por qué agitáis los mercados antes de cada subasta de deuda pública para que crezcan los intereses? 

- Verás... - comenzó a decir el banquero.

¿No prometisteis que utilizaríais el dinero para dar créditos a las empresas que los necesitan para sobrevivir? - interrumpió el político. - ¿No asegurasteis que la especulación se había acabado? ¿No os dais cuenta de que estáis hundiendo la economía de vuestro  propio país?

- Lo siento, amigo - comenzó a decir el banquero, mucho más sosegado que el político. - Esa es nuestra esencia. Si hacer lo que hemos prometido nos reporta un 2% de interés y romper nuestra promesa nos reporta un 7%, no dudaremos en romper nuestra promesa. Nos da igual que la economía de nuestro país entre en una depresión, que la deuda pública se multiplique, que las empresas cierren una tras otra, que nuestros familiares, amigos y vecinos se queden en el paro o que la inmensa mayoría de los ciudadanos vea el futuro cada vez más negro. Ni siquiera nos importa que todas esas cosas supongan nuestra quiebra en el futuro. A nosotros lo único que nos importa conseguir la rentabilidad más alta posible en este mismo momento. Y no nos puedes pedir que actuemos en contra de nuestra naturaleza y de nuestra costumbre.

Y como el escorpión y la rana, el político y el banquero acabaron por desaparecer juntos.

¡Hasta otra!

1 comentario: